Para J.C., primer no-borrador que te dedico ;)
Calzó sus primeras gafas
estrenando trece otoños.
Mamá y el óptico se amaban, pensó,
por sus tridentes idénticos y sus maneras educadas de conspirar.
La máscara era azul
y recordaba a la luna entera.
Cristales de grueso casi infinito
y… ¡qué ojos más refrigerados!
Rondaban los años ochenta
y el cielo era amarillo.
Tenías en el bolsillo
un bumerán para cada día.
Lo lanzabas a tu boca
-pecera de ortodoncias que no usabas al dormir-
para regalar abrazos de comisuras autodegradables
a ese bullicio de latidos llamado mundo.
Había más pasajeros que personas,
más cometas que estrellas.
Que ‘’papá (me) prefiere derecho
y me manda a la universidad
pero yo no quiero nada’’.
Actos amatorios colgando de cada farola,
que no te muerdan las ratas del pensamiento razonado.
Los ochenta los inhalábamos
¿recuerdas?
tú y yo y las libertades libertinas
en esa esquina del parque
donde nadie era cierto.
‘’El aire no se respira raro, adultos y pelusas;
huele a esperanza y a humanidad.”
En fluorescentes mareas lejanas
-maldito baile de cadáveres-
se tornaban tus brazos al anochecer
mientras una guitarra invisible escupía disonancias desde la radio
y ‘’efímero’’ era una palabra extranjera que no entendías
y cerrabas el mundo con tus pestañas
y olvidabas las enfermedades propias de un adolescente sano
y… y eras demasiado feliz, demasiado feliz.
(Un punto distancia minuto a minuto nuestra existencia.)
Infinito es aquello que nos revuelve
con ojos estrellados alma abierta
a borrascas y a dolores de comisuras.
Pero todo horizonte se pudre
igual que se acaba la droga
y tú abandonas la carrera
y yo finjo olvidarte
mientras me invento historias mejores para mis nietos.
Llegaron los veinte los veintinueve los treinta y siete
y tú les abriste la puerta,
con esa sonrisa solar
que ya no me pertenecía.
...